
Trabajar en una UCI desde hace años y encontrarse un día ingresada en una de sus camas -aunque sea la reservada a los recomendados normalmente-, son cosas muy distintas. Y eso es lo que me ha pasado a mí este verano, que menos mal que ya me había cogido mis vacaciones, y las disfruté como a mí me gusta, con un viajito al principio, y el resto del mes descansando en casa (aunque eso de descansar con dos diablillos rondando las veinticuatro horas del día es un decir).
Desde el punto de vista práctico es una suerte ingresar en un hospital donde se conoce a casi todo el mundo, pero a veces no te conocen, y por querer ser un once barra más, metes la pata hasta la cintura. Y hasta ahí la metí. En vez de ir directamente a la primera planta, donde se encuentra mi lugar de trabajo, entré por Urgencias, aún sabiendo las noticias de los tiempos de espera para ser atendido, y con la esperanza de que a mí no me va a pasar, que voy a entrar enseguida. Incrédula de mí. Allí me quedé en la sala de espera infinita, pues eso es lo que sentí durante la hora y pico que estuve esperando a ser vista por primera vez en consulta. Menos mal que de vez en cuando se me enciende la lucecita y decidí entrar y colarme para que me viera algún médico. Resulta que el médico que tenía que verme tenía la "hora materna" y se había ido sin ser sustituído (cosas del SAS). Después me vuelve a pasar lo mismo en la sala de tratamientos, donde me habían dejado olvidada con un suero con analgésicos. Allí estoy tres horas más, a la espera de una ecografía, hasta que se me vuelve a encender la luz y cojo el teléfono móvil para llamar a la UCI. No habían pasado ni cinco minutos cuando tenía allí a los dos médicos de guardia y a mis compañeras. Tenía que haberlo hecho mucho antes. En cuestión de una hora tenía hechas la ecografía, un TAC y me habían visto los especialistas que a partir de ese momento me tratarían, los ginecólogos. Quién me iba a decir a mí que por culpa de un problema ginecológico me vería ingresada en la UCI (menos mal que en la planta de Gine no había camas), y además en la 15, con los coronarios que por esas fechas estaban bastante tranquilitos...
Y a partir de ese momento al cuidado de mis compis, que debo decir que me trataron como a una reina (creo que no merezco menos), y a verlo todo desde el otro lado, que aunque trabajando una intente ponerse siempre en el lugar de los pacientes, hasta que no se vive en primera persona no se sabe lo que se siente. Desde los nervios de la primera noche sin poder pegar ojo, incluso con "chute" de tranxilium intravenoso, hasta la incomodidad de tener que ser aseada en la cama porque no te puedes levantar. Y la sensación de que no te informan bien (los médicos) de tu proceso, aunque para eso están los compañeros, para enseñarte la historia clínica cuando la pides, y así poder empaparse una de las analíticas, y de todo cuanto te van haciendo.
Por otra parte está la sensación de que, al no encontrar mejoría aún después de ser operada, todo se te viene abajo, cualquier cosa se te hace un mundo. Llega la lágrima fácil por lo más mínimo, hasta con las palabras de ánimo de todo el mundo al irme de Alta a casa. Llegado a este punto doy las gracias a todos mis compis, que durante mis diez días en la cama 15, me animaban con sus visitas y sus bromas, y las palabras tranqulizadoras de los que saben tranquilizar como nadie (ya sabrá cada uno a quienes me refiero), pues no todo el mundo tiene el don de escuchar y de ofrecer las palabras adecuadas.
De esta experiencia, que no me gustaría volver a repetir por mucho que se aprenda, he sacado vivencias que creo me servirán en el cuidado de mis pacientes, y el hecho de que lo escriba en este blog no es sino para que mis colegas también conozcan mis sensaciones además de como enfermera también como enferma, y que entre todos mejoremos la calidad de los cuidados que prestamos.