Otra vez me despertaron mis vecinos de abajo el sábado a las 9 de la mañana. Tenían una bronca a pleno pulmón. Pero ¡¿qué se puede estar discutiendo a esas horas?!, con lo bien que se está calentito en la cama, acurrucadito, aprovechando que no hay que llevar a las niñas al cole, ni nada. Cada vez que les oigo discutir intento poner atención al tema de debate, pero nada, no lo pillo, una palabra suelta por aquí de él, más adelante otra de ella... Ahora se oyen en el pasillo, ahora en el dormitorio...Ya sé que es de mala educación escuchar las conversaciones ajenas, pero si no, que no griten tanto, y el morbillo gana a la prudencia.
O si no, mi vecino de atrás. Es el que linda su salón con la cabecera de mi cama. Desde que vivo aquí tenemos la desdicha de escuchar su televisión a todo volumen cada vez que viene por la noche con el nivel de alcoholemia algo sobrepasado (mejor dicho, con más alcohol que suero en la sangre). Se ve que el hombre las coje de escándalo y cuando llega a su casa cae en coma etílico. La tele se puede llevar toda la noche encendida, y los únicos que la escuchamos somos los vecinos, el de arriba, el de abajo, y los de detrás, que somos nosotros. Aunque parece que está más formal últimamente, sólo pasa los sábados por la noche, y no todos. Los vecinos de su bloque habrán hecho un escrito a alcohólicos anónimos para que hagan el favor de reclutarlo en sus filas de socios, a ver si así se puede descansar en silencio, que no en paz, que para eso ya habrá tiempo...
¿Qué hago?¿me compro otra casa?, creo que mejor me compraré unos tapones para los oídos, que tal como está la cosa me va a salir más barato.
lunes, 1 de diciembre de 2008
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